
Tener una actitud receptiva, incluso para las cosas positivas, no es fácil. Con demasiada frecuencia preferimos la acción a la apertura, y cuando no es posible nos escudamos en el reposo o la cerrazón.
Vivimos en una cultura en creciente y rápido desarrollo. El avance de la tecnología facilita muchas tareas, lo que en teoría nos da más tiempo libre y mejor calidad de vida. Sin embargo, la existencia se ha vuelto hoy tan compleja que un elevado número de personas sufren altos niveles de tensión, ansiedad y estrés o, en el extremo contrario, hastío, falta de perspectivas y depresión.
En general, nuestra sociedad tiende a priorizar y sobrevalorar todo lo que implique hacer, controlar, tener y competir, e infravalora o dedica muy poco tiempo a detenerse, escuchar, observar y atender lo humano. En contra de lo que pretendemos, esto nos está llevando a una sensación demasiado generalizada de vacío e insatisfacción.
El ser humano actual desea y necesita encontrarse con aspectos olvidados de sí mismo y del mundo que le rodea. Cultivar la receptividad puede ser una ventana abierta a paisajes más amplios, más vivos y más llenos de sentido.
El arte de saber escuchar
Todos sabemos que escuchar es importante, pero pocos nos sentimos realmente escuchados o escuchamos bien a l@s otr@s. En la buena escucha:
- Se da tiempo a la expresión de la otra persona. No se precipita la respuesta ni se interrumpe.
- Existe un verdadero interés por lo que dice la otra persona y cómo lo dice.
- Nos dejamos tocar por el sentir del otro, sin encasillarlo desde nuestra visión.
- Se toma conciencia del propio lenguaje no verbal y se adopta una actitud física que facilite la escucha.
- Conviene aprender a diferenciar los propios juicios y preferencias de lo que se recibe de la otra persona. Lo que nos gusta o nos disgusta habla más de nosotros que del interlocutor. Aprende a escuchar la diferencia con una actitud abierta hacia lo nuevo.
La receptividad hacia sí mism@
Observarse a sí mism@ con una mirada receptiva implica sobre todo una actitud. Una actitud de curiosidad y aceptación.
Todo nuestro organismo es receptivo y a través de los sentidos tomamos contacto tanto con el mundo como con las sensaciones del cuerpo. Date espacio interno y deja que tus sentidos se extiendan. Deja que tu interior se suelte, relajado, y date el espacio para percibir.
Mira sin esfuerzo ni prejuicios los colores, las formas, los objetos y las situaciones; como un recién nacido al despertar. Escucha los sonidos, los ruidos, las melodías, sin esforzarte por captarlos, dejando que penetren por sí solos en tu interior.
Mueve y siente tu cuerpo y ábrete a las sensaciones sin juzgarlas, temerlas ni dejarte empujar. Deja que tu cerebro repose y recupere energía.
Permítete sentir todo lo que sientes y evita juzgarlo. No te precipites hacia el papel de víctima o a tener que hacer algo enseguida. Date tiempo, date comprensión. Mírate y escúchate con interés y curiosidad. Con calma y receptividad podrás resolver mejor las situaciones y encontrar nuevas salidas creativas.
Pon a dialogar a tus voces en conflicto. Permite que cada una se exprese; escucha lo que tu interior te dice, ampliamente. Dialoga y pacta contigo mismo.
El egocentrismo es la principal causa del estrés. Sin la percepción del otro, ese esfuerzo por ser "lo único" quita toda posibilidad de disfrute, descanso, quietud, aceptación…
Deja por un momento tus metas, tus deseos, éxitos y fracasos y ábrete a observar los procesos, el transcurrir, el "cómo". Date tiempo para abrir y acoger tanto como para elegir y actuar, y permítete descansar en la no acción y en el cerrar cuando lo necesites. En el momento en que recibas lo que has pedido, tendrás una puerta abierta para la acción de "Dar".


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